Toda una vida
fabricando sillas.
Más de un siglo de trabajo continuado ha dado forma a una trayectoria construida desde el oficio. Lo que comenzó como un pequeño taller familiar evolucionó, generación tras generación, manteniendo siempre el respeto por el material, el proceso y la fabricación propia. Una historia de continuidad, compromiso y fidelidad a una manera de hacer las cosas que ha perdurado en el tiempo.
Diez metros cuadrados
y un oficio.
La historia comienza a principios del siglo XX, en el carrer Escultor Benlliure. En una vivienda familiar y en un espacio de apenas diez metros cuadrados, Vicente Albiñana García estableció el primer taller de fabricación.
Un entorno de trabajo reducido, integrado en la vida doméstica, donde la producción se desarrollaba a escala manual y con medios limitados. Desde ese espacio inicial se elaboraron las primeras piezas, construidas íntegramente a mano.
El origen del proyecto no responde a un planteamiento industrial, sino al desarrollo progresivo de un oficio ejercido de forma continuada en el tiempo.
La enea del Guadalquivir
en las casas del pueblo.
Con el incremento de la actividad durante la década de los sesenta, la producción se trasladó a la calle Maestro Giner —antigua calle de la Cigarra— donde se estableció un edificio de tres plantas destinado íntegramente al trabajo y almacenamiento.
La fabricación se realizaba en la planta baja. Las plantas superiores se destinaban al almacenamiento de las piezas. La última albergaba la enea procedente del Guadalquivir.
La silla no nacía en un único espacio productivo, sino del esfuerzo compartido de muchas manos y de un conocimiento repartido en toda una comunidad. En esta etapa tomaron el relevo los hermanos Juan Albiñana Micó y Vicente, hijos de Vicente Albiñana García, trabajando principalmente con madera de chopo y asiento de enea.
Mientras el sector cambiaba,
la familia eligió permanecer.
En esos años, Juan Albiñana Micó asumió la continuidad del trabajo. Con el paso del tiempo se fueron incorporando nuevos miembros de la familia: Juan en la década de los setenta, y más tarde José, Rafael y Ángel en los ochenta.
A finales de los años 80 se comenzó a trabajar con madera de pino gallego, manteniendo los asientos de enea elaborados mediante embogado. Al mismo tiempo, el sector empezó a transformarse: otros fabricantes comenzaron a introducir sillas de enea de importación, especialmente procedentes de China.
A finales de la década de los setenta se había adquirido una partida de aproximadamente 19.000 metros cuadrados en la partida del Tossal, actual Camino Aielo. Una apuesta seria por el futuro, una forma de preparar el siguiente paso sin renunciar al ritmo natural del oficio. A principios de los noventa se construiría allí la primera nave de fabricación.
Sillas Jualmi S.L.
El nombre del abuelo, el apellido del oficio.
En 1995, la trayectoria familiar tomó forma jurídica con la constitución de la sociedad limitada bajo el nombre de Sillas Jualmi S.L., una denominación elegida en honor al abuelo —Juan Albiñana Micó— y como síntesis de todo el camino recorrido hasta entonces.
La empresa continuó trabajando principalmente con pino hasta el año 2011. A partir de entonces se inició una nueva evolución material con la incorporación de la madera de haya, junto con procesos de tapizado y barnizado más avanzados. Cambiaban los materiales y las técnicas, pero no la forma de entender el trabajo.
Tres socios sostienen el presente.
La cuarta generación ya asoma.
Actualmente la empresa está formada por tres socios: Ángel, José y Juan, que representan la continuidad directa del legado familiar y el compromiso con la forma de trabajar transmitida durante generaciones.
Mientras ellos sostienen el presente, la cuarta generación empieza ya a asomar, creciendo cerca del taller, del material y del oficio, como ocurrió con quienes los precedieron.
Un nombre que se transmite,
como el oficio.
Porque antes que empresa, siempre fuimos oficio.
Y antes que industria, siempre fuimos manos.